"Sé acerca de esas noches, en las qué, sin ninguna razón, no puedes dormir... cuando estás completamente solo, con nada más que tu cigarrillo encendido"

Ewon Jung - Totally Captivated

Plumas de Arena



Aquel día, él lo había perdido todo, su todo. Su esencia se había marchado con ella, su inspiración y su razón de vida se habían ido para siempre.

- ¿Se ha ido? ¿Por qué? ¿Dónde está? – se pregunta Lahar cuando veía que su desierto lucía más desierto que nunca sin ella.
- ¿Quién se la ha llevado? – Gritaba desesperado – ¡Te buscaré!, ¿Pero dónde?

El pobre Lahar le gritaba al viento, al desierto, a la arena, al todo, pero la única respuesta eran los retintines de sus ahogadas palabras.

Despegó los pies de la nada y decidió preguntar por ella a todo el que viera, al ratón, al olmo o a las rocas si era necesario.

En un soplo, Lahar sintió que había andado tanto, que se tiró al llano, tocó la tierra con sus manos y sintió pasar la suave arena por sus dedos, entonces, presuroso tomó toda la que pudo en sus palmas.

- Benu, querida Benu, ¿eres tú? – le preguntó a esos insignificantes granos de arenilla, mientras los aferraba a su pecho – sí, eres tú.

La lágrima que resbaló por su mejilla, mojó el alba arena, convirtiéndola en espeso y bruno lodo, que empezó a volar y a materializarse en forma de un ave negra.

- ¿Por qué has hecho esto? ¿Por qué me has engañado?
- ¿Has perdido a tu Benu, y no puedes hallarla? – dijo en tono triste el ave.
- ¿La has visto?, por favor dime, ¿Dónde está? – pidió Lahar, pero el ave desplegó sus alas y se fue con el céfiro.

Lahar siguió su camino hasta que escuchó un sonido extraño, uno que nunca se oía en las desoladas tierras donde vivía. Corrió sin reparo hacia donde sus agudas orejas lo guiaban, cuando se detuvo, notó lo cristalina y bella que era el agua.

Era transparente, pura, hermosa, pero no tanto como su Benu.
- ¿Qué buscas? – preguntó repentinamente el río.
- Busco a Benu, ¿La has visto?
- Si la he visto no me acuerdo, tal vez se la llevo la corriente – contestó e inmediatamente se ocultó entre las piedras.

Lahar siguió la corriente del río, pero observó que cayó la noche y decidió entonces descansar.

Entre sueños, escuchó susurros, al abrir los ojos, dos andróginos y anoréxicos seres estaban a su costado.
Lahar se apresuró a preguntar quienes eran.

- Soy Sina, el demonio de la luz – contestó el ser de alas amarillas.
- Y yo Nakaa, el demonio de las tinieblas – afirmó el que tenía alas púrpuras.
- Ustedes deben saber dónde está Benu, la he perdido y la busco para que regrese a mi lado, si ustedes custodian la oscuridad y la luz, deben saber donde se encuentra – dijo abatido Lahar.
Nakaa con voz quebrantada afirmó no haberla visto.

La agobiada expresión de Lahar, hizo que Sina le pidiera contar acerca de Benu.

- Benu, era única – empezó – siempre estábamos juntos, era nuestro destino estarlo, ella era suave, tierna y pura. Cálida como la alborada, pero triste como el ocaso. Su rostro solitario y entristecido, se iluminaba con una sonrisa cuando estaba conmigo, y yo también era feliz cuando estaba con ella. Pero ahora que ya no la tengo, ni siquiera sé que sentir.
- Si ella es como la describes, debe estar en el Cielo – aseguró Nakaa.
- Pero, puede estar en el Averno, mundo a donde van las más terribles criaturas – sostuvo Sina.

Lahar se apresuró a encaminarse en su búsqueda, despidiéndose de aquellos amables y bellos seres.
Plumas negras caían en su rumbo al Reino Celeste, al alzar la mirada, distinguió al ave negra que le había engañado antes, quiso preguntarle de nuevo por Benu, pero se quedó callado y avanzó.

A la distancia, cortinas hechas con estrellas se le presentaron, y sintió un aroma tan dulce, comparable únicamente con el de Benu; la nieve blanca caía, pero no lo tocaba, todo era paz allí.

Ante él, una figura imponente, y por alguna razón, indescriptible, se presentó.

Antes de que Lahar pudiera mencionar algo, la voz ronca de Diarmaid,
le dio un no por respuesta.
Lahar volvió con todo su camino a las puertas del Averno, donde el entorno sofocaba a todo el rojo alrededor.

En ese lugar, él sentía que la soledad lo afectaba más que nunca, él estaba solo y poco le importaba el ave negra, que ya hace un tiempo se había hecho su compañera.

A penas tocó los portones, un larguirucho y somnoliento personaje se le presentó.
- ¿Es que aún no la encuentras? – Le dijo – lo siento, pero no puedo decirte donde está.
- ¡Ni tú Idunn, puedes decirme dónde está! – Se exaltó Lahar - ¿Y ahora qué haré?
- Ve con Njirama, llegarás a ella si atraviesas a Olifat – aconsejó Idunn mientras volvía su tétrico mundo.
Lahar recorrió millas de rocosos caminos y encontró a Olifat, el enorme y tenebroso túnel. Atravesando el oscuro interior, escuchó una voz - ¿No la sientes ahora que está tan cerca de ti?
Lahar había oído que Olifat creaba despiadadas ilusiones para evitar que lo cruzaran, así que sin darle importancia a sus palabras, siguió avanzando.

Un palacio de oro impresionó a Lahar, era tan majestuoso y colosal, aún más que su Benu.

Entró y vio a una mujer que parecía hecha de diamantes y perlas, ésta comía con tanta delicia sus verdes uvas, que Lahar no pudo resistirse y preguntó que sabor tenían.
- Tienen el exquisito sabor del dolor – respondió – has venido ante Njirama, diosa del dolor; dime, ¿Qué quieres?
- ¿Dónde está Benu? – Lahar la interrogó – la necesito, como al agua necesita la flor, quiero tenerla más que nunca, ahora que se ha ido.
- Siempre ha estado a tu lado, nunca se fue – comenzó – tú la tenías siempre, ella no te tuvo nunca. La obsesión porque fuera tan sólo tuya, volvió su suavidad en dureza y su blanca piel en un negro manto de penas, pero a pesar de eso, ella siguió siempre a tu lado, y tú, nunca la notaste, y ahora yo, gracias a tu descuido, me alimento de lo último que le queda de vida.

Al voltear, Lahar vio como el ave extendía sus alas para volar e irse por su propio camino.

Desesperado al no poder detener la partida de su amada, Lahar corrió tras ella, mientras veía el triste reflejo de Benu en las paredes doradas del castillo.

Lahar continuaba avanzando, pero nunca la alcanzaba, veía como su bella Benu, ahora desmoronándose, huía de él.

Su mente lo atormentaba, ¿cómo no pudo darse cuenta que estaba allí?, era su esencia y él nunca la notó.

Lahar se detuvo, y con un sollozo se dio por vencido – la he perdido – se dijo resignado.
En medio de su agonía, sintió como una eterna delicadeza inundaba sus brazos, entonces le preguntó – Benu, ¿eres tú?
- Cuando más sientas que me has perdido, más estaré contigo – contestó Benu.

Tomando a Lahar en su regazo, lo elevó al celeste, perdiéndolo en sus negras alas, y juntos volaron sin rumbo por el espacio, ambos sintiendo como el viento los desmoronaba, y como sus cuerpos convirtiéndose en granos de arena se enredaban entre la nada, enlazando sus almas mientras se perdían en el desierto.

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